La misma noche de las elecciones internas se inició la campaña electoral hacia el 25 de octubre, en la que, hasta ahora, al menos de parte de la oposición, se ha mostrado más preocupación por las formas que por los contenidos.
Entre las encuestas, las agencias publicitarias, los asesores de imagen, los analistas políticos, los “opinólogos” y algún medio de prensa, se ha pretendido instalar en la opinión pública la creencia de que esta campaña electoral se gana o se pierde según el grado de “profesionalización” que se logre en la virtualidad del gesto, la estética de la imagen, y la intensidad de la forma y los colores.
Tan es así que durante este primer mes de campaña, como si se tratase de una justa deportiva, se ha especulado respecto a cuantos votos gana o pierde Mujica si se pone traje y corbata, o cuantos casilleros avanza Lacalle si abraza y besa a Larrañaga todo el tiempo. De tal modo, al igual que los comentaristas de fútbol, muchos observadores políticos pronostican con énfasis que ganará las elecciones aquel candidato que cometa menos “errores de campaña”.









